Cómo la música conecta nuestro cerebro y nos une a los demás
Michel Habib
Entre los misterios del cerebro humano, hay uno que durante mucho tiempo ha obsesionado a científicos, docentes y filósofos: ¿cómo y por qué la evolución dotó a nuestro cerebro de capacidades musicales? ¿Y por qué le otorgó también esta tendencia singular a utilizar el ritmo y la melodía para comunicarse con los demás?
Los avances en neurociencia han empezado a ofrecer respuestas fascinantes. Hoy sabemos que nuestro cerebro es, en realidad, un órgano profundamente musical: alberga miles de resonadores, auténticas cajas de ritmo en actividad permanente, cuyas conexiones permiten que los contenidos viajen entre distintas regiones cerebrales. Así, habla y música se sincronizan y hacen posible la comunicación con los demás, convirtiendo el cerebro en un órgano esencialmente social. Y es actuando sobre esta misma actividad rítmica como la práctica musical puede ayudar a tratar distintos fallos o disfunciones cerebrales, desde la infancia hasta la vejez.
A partir de su experiencia como neurólogo y músico, Michel Habib nos guía, con soltura y precisión, a través de una literatura científica en plena expansión, para desembocar en una pregunta tan audaz como necesaria: ¿y si, lejos de ser un capricho de la evolución, la música estuviera llamada a convertirse, por su acción estructurante sobre el cerebro humano, en uno de los pilares de la sociedad del futuro?
Cómo la música conecta nuestro cerebro y nos une a los demás
Michel Habib
Entre los misterios del cerebro humano, hay uno que durante mucho tiempo ha obsesionado a científicos, docentes y filósofos: ¿cómo y por qué la evolución dotó a nuestro cerebro de capacidades musicales? ¿Y por qué le otorgó también esta tendencia singular a utilizar el ritmo y la melodía para comunicarse con los demás?
Los avances en neurociencia han empezado a ofrecer respuestas fascinantes. Hoy sabemos que nuestro cerebro es, en realidad, un órgano profundamente musical: alberga miles de resonadores, auténticas cajas de ritmo en actividad permanente, cuyas conexiones permiten que los contenidos viajen entre distintas regiones cerebrales. Así, habla y música se sincronizan y hacen posible la comunicación con los demás, convirtiendo el cerebro en un órgano esencialmente social. Y es actuando sobre esta misma actividad rítmica como la práctica musical puede ayudar a tratar distintos fallos o disfunciones cerebrales, desde la infancia hasta la vejez.
A partir de su experiencia como neurólogo y músico, Michel Habib nos guía, con soltura y precisión, a través de una literatura científica en plena expansión, para desembocar en una pregunta tan audaz como necesaria: ¿y si, lejos de ser un capricho de la evolución, la música estuviera llamada a convertirse, por su acción estructurante sobre el cerebro humano, en uno de los pilares de la sociedad del futuro?
Cómo la música conecta nuestro cerebro y nos une a los demás
Michel Habib
Entre los misterios del cerebro humano, hay uno que durante mucho tiempo ha obsesionado a científicos, docentes y filósofos: ¿cómo y por qué la evolución dotó a nuestro cerebro de capacidades musicales? ¿Y por qué le otorgó también esta tendencia singular a utilizar el ritmo y la melodía para comunicarse con los demás?
Los avances en neurociencia han empezado a ofrecer respuestas fascinantes. Hoy sabemos que nuestro cerebro es, en realidad, un órgano profundamente musical: alberga miles de resonadores, auténticas cajas de ritmo en actividad permanente, cuyas conexiones permiten que los contenidos viajen entre distintas regiones cerebrales. Así, habla y música se sincronizan y hacen posible la comunicación con los demás, convirtiendo el cerebro en un órgano esencialmente social. Y es actuando sobre esta misma actividad rítmica como la práctica musical puede ayudar a tratar distintos fallos o disfunciones cerebrales, desde la infancia hasta la vejez.
A partir de su experiencia como neurólogo y músico, Michel Habib nos guía, con soltura y precisión, a través de una literatura científica en plena expansión, para desembocar en una pregunta tan audaz como necesaria: ¿y si, lejos de ser un capricho de la evolución, la música estuviera llamada a convertirse, por su acción estructurante sobre el cerebro humano, en uno de los pilares de la sociedad del futuro?